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La libertad de expresión

La libertad de expresión: entre la soberbia y una cuestión de buen gusto

La libertad de expresión se considera un derecho inalienable en los países que se hacen llamar “democráticos”, naciones donde la libertad personal tiene una marcada y celebrada importancia, el término, a menudo se utiliza no sólo para hacer referencia a la facultad individual de expresar cualquier idea u opinión sin restricción alguna sino como un sinónimo de búsqueda, recepción e impartición de ideas sin importar el medio que se use para hacerlo.

Lo irónico es que la libertad de expresión, contrario a lo que uno podría pensar, es uno de los derechos individuales más acotados, algunos de los límites tienen que ver con la divulgación de calumnias, difamación, obscenidades y pornografía, lo cual podría parecer perfectamente razonable, sobre todo cuando pensamos en quienes podrían ser expuestos a tales materiales y los efectos que podrían tener en ellos, verbigracia, los niños, hay que proteger a los niños de las infamias verbales, visuales y auditivas; pero las restricciones no paran ahí.

La divulgación de materiales “sensibles” ya sean de interés público o privado está también restringido y por buen motivo, existe un derecho a la privacidad, ¿cierto? que supera al derecho de transparencia, ¿o no es así?; los secretos industriales, los acuerdos entre particulares, los acuerdos nacionales, de seguridad pública, todos éstos materiales se encuentran más allá de la libertad de expresión y de alguna u otra manera restringidos por el estado y su difusión castigada bajo el argumento de lesionar al estado y por lo tanto, a la comunidad.

Sin embargo, las restricciones no paran ahí, continúan con el principio de la ofensa, que puede interpretarse, según el país y según las autoridades, en algunos casos se ha restringido el derecho a la libre expresión por considerar que ofende a un grupo, una comunidad o un estado, porque incitan a la violencia o porque simple y llanamente no son ad hoc con los cánones del buen gusto y la decencia.

Je sui Charlie

El ataque a la publicación Charlie Hebdo en la calle Nicolas-Appert del XI Distrito en París el 7 de Enero de éste año es un hecho lamentable, cruel e inmisericorde en contra de personas desarmadas, sin embargo es la crónica de una taque terrorista anunciado desde noviembre de 2011 en que la publicación lanzó una viñeta dónde satirizaba al profeta del Islam, Mahoma.

El límite que habría que anexar a toda la gama de restricciones del derecho de la libertad de expresión es el del respeto por las creencias religiosas; y lo que los miembros de la publicación Charlie Hebdo no alcanzaron a calcular fue la afectación que causó su viñeta satírica de 2011. Si bien en occidente el ridículo a nuestras figuras públicas e íconos religiosos ha llegado a ser algo “común”, los países árabes no lo ven del mismo modo, no después de una serie de guerras de occidente que han vejado a los habitantes de los países islámicos a través de la imposición de modelos de vida distintos al suyo.

La libertad de expresión es importante, el respeto a la diversidad y a las creencias de otros también, sin pretender obviar ninguna situación, el ataque terrorista sobre los miembros de la publicación es un acto barbárico y desproporcionado, es un acto de odio que excede a la ofensa, pero la ofensa del semanario francés es un símbolo de una afrenta más grande, una afrenta que inició desde los años 70 con la imposición del Sha de Irán, la guerra Irán-Iraq, la invasión Rusa sobre Afganistán, las guerras del Golfo Pérsico…

Nada justifica los actos ejecutados por extremistas árabes hace algunos días, como nada justifica que Luz (Reanld Luzier) lo haya vuelto a hacer en un acto de flagrante desafío casi infantil, hay que entender que no vemos ni entendemos los hechos ocurridos con la misma lógica, la misma moralidad, porque venimos de culturas distintas, habría que asumir que la libertad de expresión alcanza para hacernos burla a nosotros mismos y eso está bien, más no a quienes, de alguna u otra forma hemos usado y abusado durante más de 40 años.

¿Usted qué opina?

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