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La dualidad entre la razón y el espíritu

Cuando Hegel hizo referencia al espíritu desde su fenomenología, encausaba los hilos de la cultura y su construcción, desde allí, la fenomenología era una puerta epistémica, pero no planteada en términos de la religiosidad y menos desde el dualismo religioso que divide a la materia y al espíritu como dos dimensiones del ser. 

Hegel, tiene un sentido materialista al igual como lo presentará Marx, pero Hegel, no trasciende a través de la crítica de las relaciones sociales de producción sino que, previendo el marasmo del liberalismo y del egoísmo ciego (Tocqueville: 2009), en que se presenta la distancia entre sociedad civil y Estado y, en particular, entre la individualidad y el Estado, genera su confianza en las corporaciones como entidades de mayor fuerza social por su organización y autorregulación, cuestión que a su apreciación le otorga dinamismo al orden sistémico.

En esta dimensión, el espíritu entendido como la posibilidad de encausar la cultura, cobra un sentido científico que no místico; adquiere desde el significado epistémico docto, la posibilidad de explicar desde la aproximación a la realidad la vida misma, es una etapa que abandona la caverna (Platón: 2005), para pasar a la luz del conocimiento no sólo como certidumbre humana sino como valor social que crea valor social.

Empero las sombras de la incertidumbre humana llegaron para quedarse, son parte inherente del pensamiento mítico y recurrente de la aproximación al pensamiento teológico, es el buen salvaje que permanece latente para volver a la caverna, pese a que la oscuridad de la misma no provea estabilidad y la luz necesaria para enfrentar la vida. Pensemos agudamente, sabemos que el mito es inherente a la incertidumbre que provoca aquello que no se controla, que requiere de explicación no importando el origen de la misma, pero que debe acuñarse para entender y aproximarnos a la realidad, pero es sólo una percepción simple o razón pura (Kant: 1998).

Pero el peso del materialismo se impone, más de 2000 mil años desde el trayecto helénico a las sociedades posmodernas de la ciencia aplicada, deberían habernos enseñado que la ciencia evidencia el crepúsculo de los ídolos (Nietzsche: 2008), o bien, la veracidad de lo causal cuya razón materia es evidencia objetiva y realidad inmanente del quehacer humano. Sí no basta con esto, ¿por qué cuando a un enfermo se le ha diagnosticado cáncer terminal, en vez de recurrir a la dualidad inmaterial, suele encomendarse a un tratamiento médico?, ¿es acaso que la fe tiene límites como el conocimiento científico y sí tiene límites es o no un pensamiento dogmático?, la respuesta lógica es que si la fe es fe, nadie que tenga fe, dudará de su creencia, sino, es que la ha perdido.

 Pero, ya que la fe niega el carácter gnoseológico del materialismo e incluso del agnosticismo, la dudad es mayúscula ¿ser o no ser, he ahí el dilema?, la estrofa del Hamlet no viene ad doc., es en sí misma el dilema de la dualidad ante el peso de la realidad. Es evidente, que el paciente con cáncer terminal sabe, para sus adentros y para sus afueras, que su fe no lo salvará, que es el mundo de la ciencia el que tiene la última palabra, pero realiza un sincretismo y vuelve al dualismo de lo material e inmaterial que, unido, valga aquí la contradicción más mundana e ilógica, habrá de fortalecer su cuerpo y lo salvará de la muerte.

 Jacques Monod, se percató que la ilusión del dualismo difícilmente podría ser derribada, “He aquí la frontera, casi tan infranqueable todavía para nosotros como lo era para Descartes. En tanto no es franqueada, el dualismo conserva en suma, su verdad operacional.” Dicho de otra forma, el paciente con cáncer terminal muere y languidece ante la imposibilidad de que la fe lo rescate, sin embargo, en el último aliento de vida, exclama que la vida misma no termina aquí, seguramente, pensará en el más allá, como una medida última de esta operacionalidad de pervivir, aunque en el fondo su incertidumbre, reclame para el mundo material lo que le es propio.

Desde las lógicas externas, la dualidad entre razón y espíritu frente al paciente terminal de cáncer, no suelen ser distintas desde la óptica de sus parientes, que ante la fatalidad del hecho, presentan dos trayectos: primero: Cuando se imponen de que su pariente tiene cáncer terminal, le solicitan a dios que lo salve, que obre un milagro porque es un hijo de dios. Segundo: Cuando el pariente fallece, suelen señalar “qué bueno que dios se lo haya llevado, estaba sufriendo”. En ambos casos, la cuestión es contradictoria, porque existe un empeño denodado por asegurar la vida del paciente, pero al no ser posible, la muerte es tan buena como la vida.

Pero, detrás de todo esto ¿cómo opera la significación científica de la dualidad de la razón y el espíritu?, en sentido inverso. La materialidad científica admite la dualidad no como razón del ser, sino, como la ruptura de la razón que ha quebrantado la aproximación cierta y probatoria de los hechos; en este sentido, la ilusión del espíritu es probada como razón pura, como sentido mítico y también, por su significación dogmática que excluye la posibilidad de loa reflexión probatoria.

En este sentido, la ilusión de la dualidad se diluye, porque la realidad causal tiene su sentencia en la proximidad de lo probatorio, es necesario volver a la razón, en ella las probabilidades del paciente terminal se multiplican hacia la preservación de su vida, pero no como una premisa ilusoria porque esta es transitoria, sino, a través de un diagnóstico que centrado en la veracidad busque tanto la preservación de su vida como asegurar la calidad de la misma, cuestión que no hace el rezo.

El antagonismo de la dualidad razón-espíritu elevado a la existencia es mucho más delicado que en cuestiones de lo cotidiano, porque finalmente la muerte sella el camino, obstruye la vida y nada hace parecer en lo inmediato, que ante la ilusión, exista vida después de la vida; en los hechos, la propia frase “vida después de la vida”, es contradictoria porque viola en sentido de “vector”, es decir, de la magnitud y el sentido, en consecuencia, para que tener vida después de la vida y no establecer a la vida como una constante. El juicio “vida después de la vida”, resulta una vida excluyente y no incluyente y de paso niega la semántica de la razón de la propia frase.

En las tablas de verdad de la proposiciones filosóficas, negar antes de negar, es tan cierto como el descarte de afirmar antes de afirmar, por lo que “vida después de la vida”, es un espacio vacío, una contradicción per se. Desde esta lógica, la semántica de la biblia y del paradigma científico, asemejan a dos perros en celo, la hembra es una realidad cierta y el estado de celo, también, ello muestra que en esta lucha encarnizada, una verdad habrá de imponerse y la verdad, no es un asunto del espíritu sino de la razón, pese a que el perro no lo sepa.

Quizá la docta ignorancia es una de las cuestiones menos aceptadas ante el marasmo e inercia de un mundo donde lo banal suele sustituir a lo causal. Pongámoslo así, el paciente terminal de cáncer también es visto desde el misticismo no religioso, se suele decir, “este amigo tuvo mala suerte, por eso le dio cáncer”. En primer término, la suerte es una premisa indescifrable que parece advertir que en sí misma es positiva, es decir, tener suerte no implica tener lo contrario; por ello, es absurdo señalar que hay o existe mala suerte, cuando la suerte no expresa ninguna negación de lo positivo o lo halagüeño. En segundo término dada la primera proposición, la mala suerte no puede existir.

 Entonces, el misticismo es una parte indisociada de la ilusión del espíritu no en términos de Hegel, sino de la religión. La verdad no busca ilusiones sino hechos significativos desde la propia semántica del hecho, desde su sustancia, no puede ni debe apelar a lo casual, porque la razón es siempre causal y el mundo gira a través de ella.

             La razón entonces, se vuelve anticlerical sin quererlo, es atea, no pretende ser ilusionista y en el mejor de los casos acepta a la dudad gnoseológica como su espíritu, es esa la sustancia inmaterial que proviene del pensamiento indisociado de la materia, la que hace de la dualidad de la razón y el espíritu, el fin de lo clerical, porque lo dogmático obstruye a la razón y la razón, suele abrirse paso para sanar al enfermo terminal de cáncer. En los hechos, el cáncer es curable si se diagnostica y por lo tanto, se detecta a tiempo.

 Por el Dr. Carlos Barra Moulain, Catedrático del Centro Universitario de Educación a Distancia, A.C.

Referencias

 BERMAN, Marshall (1988): Todo lo sólido se desvanece en el aire, Siglo Veintiuno Editores, México (primera edición en inglés: 1982)

CERTEAU, Michel de (1980): La invención de lo cotidiano, Universidad Iberoamericana, México.

LUHMANN, Niklas (2007): La sociedad de la sociedad, Herder Editorial, México.

MOND, Jacques (1993): El azar y la necesidad, Taurus, Madrid.

 NIETZSCHE, Frederic (2008): El crepúsculo de los ídolos, S. XXI, México.

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