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La cultura del alcohol

El consumo de alcohol es objeto de hipócrita contradicción y tímido debate, por una parte los programas sociales de “responsabilización” y el alcoholímetro salvan vidas y por el otro, la cultura popular ofrece un estilo de vida que sugiere un mundo de ‘integración social’ y diversión asociado al alcohol. Si usted es una persona disfruta de un trago de cuando en cuando y, conociendo sus límites, toma sus propias decisiones sobre cuánto, cuándo y qué beber, lo felicito, usted representa menos del 5% de los bebedores en américa latina.

Partamos del inicio, el alcohol es una industria gigantesca que produce miles de millones de dólares al año, desde productores, transportistas, refinadores, embotelladores, distribuidores, dueños de bares y antros, comercializadores, publicistas, comunicadores y consumidores. La maquinaria mercadológica detrás del alcohol vende su producto como un símbolo de estatus, hombría, distinción, clase y glamour, aunque sea, lamentablemente, sólo un espejismo.

En américa latina el consumo de alcohol empieza en los varones entre los 13 y 15 años y en las mujeres entre los 12 y los 14 según la última encuesta de adicciones realizada entre 2008 y 2009. Hoy en día, a cinco años de la encuesta, es altamente probable que el rango de edades haya cambiado, desafortunadamente, es muy probable que el rango de edades haya descendido aún más en este tiempo.

El primer factor que determina el consumo de cualquier sustancia es su aceptación social, pocos serán los que busquen aquello que “todos” reprueban, en segundo lugar está la disponibilidad, y nada es más disponible que el alcohol. Quizá porque llevamos una vida lóbrega repleta de formulismos e hipocresías “necesarias” o quizá porque nuestro verdadero ser está envelado en la máscara de lo “políticamente correcto” y sólo en el alcohol revelamos la verdad (“in vino veritas”), quizá porque aún cargamos a cuestas nuestra historia colectiva de sometimiento y conquista.

El alcohol parece ser parte de un rito de paso, una transición entre la niñez y la adultez. Un ritual socialmente celebrado que se consuma cuando uno aprende a beber, que no es sino un eufemismo para referirse al instante en que una persona ha desarrollado tolerancia (ergo, hábito de beber) o ha aprendido el fino y sutil arte del disimulo al momento de beber, que es lo mismo que “fingir” beber para no embriagarse.

Beber para convivir

“Los negocios se cierran con una copa en la mano…”. Decía el abuelo viejo y sabio, pero ¿por qué?, por qué no es común cerrar el negocio en un restaurante, cafetería, después de un partido, en una tertulia. Por qué es menester que se demuestre el valor a través de la ingesta de bebidas embriagantes en dosis ridículas. “…no hay fiesta sin una botella, ni botella a la que no se le haga fiesta…”. Qué tiene de divertido dejar de percibir la realidad de forma consuetudinaria.

En la encuesta nacional de adicciones de 2008, se encontró que el primer trago que bebía un preadolescente y/o adolescente era por lo general en compañía de sus padres o familiares (78%), lo que significa que no fue el diablo quien visitó de improviso a nuestros niños y niñas, fuimos nosotros quienes lo invitaron a pasar. La finalidad de beber es muy clara: intoxicar nuestro cuerpo causando un letargo pasajero en las funciones cognitivas y motrices o en otras palabras embriagarse.

Si bien hay estudios que exaltan las virtudes de algunas bebidas embriagantes ingeridas en cantidades moderadas de forma ocasional, todos los estudios acerca del alcohol y sus efectos hablan de los factores de riesgo y el daño a corto y largo plazo. Por cuanto respecta a adolescentes, el consumo temprano de bebidas embriagantes deja truncado el desarrollo intelectual y/o lo inhibe cuando se consume de forma habitual (dos o más ocasiones por semana) y sin moderación (más de tres “dosis” es considerado inmoderado por la OMS).

Todos los adolescentes quieren ser más grandes, ser adolescente es en sí misma una experiencia confusa, desagradable y frustrante, más allá de los cambios físicos, mentales, sociales, un adolescente aún no es, se está inventando y al igual que un niño imita lo que ve, lo que escucha y compra lo que le vendan, del mismo modo no tiene consciencia del pasado ni responsabilidad por el presente, vive para el futuro, sueña, vive, sueña y sueña.

“…la clave para evaluar la autenticidad de un amigo es someterlo a la prueba del psicodrama etílico…”.

 Enrique Serna

En la borrachera caen, entonces, las armaduras, más no las máscaras, se abre el pecho y se torturan los clichés de la amistad, el hermanamiento, los juramentos de amor, afloran las pasiones otrora ocultas hasta del mismo enamorado. Las máscaras quijotescas de aventureros no caen tan fácilmente, perduran e invitan a la exageración, las agendas ocultas y los negocios “maravillosos” hasta que el alcohol las borra también.

Impedida la habilidad de disimular, exagerar y hasta articular palabra se aventuran los bohemios a conducir vehículos y ponerse en situaciones cada vez más peligrosas. Donde hace treinta años eran los mayores de cuarenta quienes bebían consuetudinariamente (más de dos ocasiones a la semana), ahora son los menores de treinta quienes llenan este criterio.

La cultura del antro contribuye a este ritual, francamente “des-socializador”, porque donde hace treinta años eran bohemios en tertulias hablando de temas idealistas o discutiendo sobre libros, películas y sueños, la cultura antro ha sustituido la tertulia por el ruido de música ensordecedora en espacios reducidos donde “charlar” se convierte en un paradigma francamente irreal.

 

Por el Maestro Gerardo Eugenio Alvarado Hierro,  Director General del Centro Universitario de Educación a Distancia A.C

 

¿Crees que la cultura del alcohol es algo preocupante en la actualidad?  Espera la segunda parte de este artículo y comparte con nosotros tus comentarios.

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