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La afición mexicana en los mundiales

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La afición mexicana en los mundiales

Por Gerardo Eugenio Alvarado Hierro / Centro Universitario de Educación a Distancia A.C.

El aficionado mexicano puede ser clasificado de cualquier modo, menos como un aficionado promedio. Los nuestros no pasan desapercibidos, pasan de fiesta en fiesta coreando el “cielito lindo” ataviados en verde, blanco y rojo, compartiendo su emoción, su ánimo fiestero, su “joie de vivre”. Joven o viejo, rico o pobre, el mexicano trasciende su existencia en la fiesta detrás de la máscara de una sonrisa. Símbolos de un nacionalismo efímero y durmiente que emerge rampante cada que renace la esperanza de un triunfo ante naciones que no podrían ser derrotadas de ningún otro modo.

Decía Octavio Paz en el laberinto de la soledad, “…tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino…la mirada puede desencadenar la cólera de las almas cargadas de electricidad…”. Es un hermetismo disfrazado de guerrero azteca, chavo del 8, chilindrinas, Adelitas y luchadores, en la conjugación de lo estrambótico y lo vergonzoso, fingiendo ser más de lo que la realidad les permite y su sociedad les concede, siendo así ,algo más en tierras remota: los aficionados mexicanos.

El fútbol es nuestro deporte nacional, una actividad que nos libera de la carga de ser, que más que una pasión por la técnica y la camaradería del deporte nos invita a desinhibir y romper con las formas para entregarnos a los excesos; el fútbol es una excusa para reunirnos con los amigos y la familia, dejar la rutina del trabajo, salir a la plaza y sufrir, gozar, reír, gritar y sentirnos vivos.

En la más positiva y orgullosa afirmación de la mexicanidad encontramos la salida a nuestra prisión de humo que, cotidianamente, nos obliga a conformarnos, a buscarle lo mejor a lo peor y a vociferar improperios contra los injustos, los canallas y culpables de nuestra “terrible” situación. El día del juego el aficionado, el jugador número 12, no salta a la cancha “literalmente”, sin embargo está ahí, en cada jugada, con su grito censurable de guerra en cada despeje…

A quién realmente sorprende que un mexicano orinara la flama eterna en el mundial de Francia 98, o que otro activara la “parada de emergencia” en un tren bala en Corea-Japón 2002 o que otro se lanzara de un barco en el mundial de Brasil 2014. La exacerbada emoción del mundial aunada al abandono de la fiesta, el exceso y la despersonalización que, a la distancia, desnudan nuestro verdadero ser y revelan un profundo desdén por las reglas, una torpeza social  y un salvajismo presente en cada uno de nosotros Mexicanos.

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