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El Mito del Sueño Americano

La noción del sueño americano es a menudo minimizada e interpretada por partes, lejos de entendida como una letanía propagandística de un sistema que canibaliza naciones y hombres. El sueño americano se ostenta como el ethos de los Estados Unidos que se erige sobre valores como la libertad, la justicia, la igualdad, la prosperidad y el éxito en una condición ascendente de movilidad social obtenida al cabo de un tiempo mediante el trabajo arduo.

La vida debería ser mejor y más rica para todos, afirmaba James Truslow Adams, cualquiera debería ser capaz de trascender su condición social heredada y alzarse con la más alta magistratura, siempre que su inteligencia y su constancia así se lo permitan, sin embargo, este concepto es más parecido a una utopía soñada por Moore que la realidad. Habría que plantearse nuevamente el sueño americano, no tanto por su contenido, sino por su posibilidad de realización.

La creación de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII estableció un proyecto nacional amplio e incluyente en la proclama “todos los hombres son creados iguales”, sin embargo desde sus raíces el proyecto de nación americano traicionó su propia identidad. Los Estados Unidos fueron fundados como nación en 1776 y sólo 14 años más tarde la mitad del país usaba mano de obra esclava para acelerar el crecimiento de la joven nación.

El sueño americano de libertad nació torcido, avivado por una poderosa retórica nacionalista y en franca contradicción por las prácticas bizantinas de la esclavitud. Después de la compra de Luisiana en 1803, Estados Unidos se dio a la tarea de poblar sus recién adquiridos territorios rápidamente, abriendo, por un tiempo, sus fronteras a los viajeros cansados y abrumados de todas las naciones para que establecieran un reclamo en las tierras inhóspitas otrora habitadas por tribus endémicas norteamericanas mal llamadas indias.

La siguiente perversión del sueño americano fue la masacre sistemática de las tribus del norte a manos del ejército y los colonos recién “americanizados” en búsqueda de su pedacito de cielo, la marginalización de pueblos nativos confinados en reservaciones y, a la postre, la búsqueda de la expansión de su espacio vital con la anexión de la alta california, nuevo México, Arizona y Texas, en el marco de una guerra de cuestionable legitimidad cuyo génesis es ampliamente debatible reafirma la traición del sueño americano.

Estados Unidos se inventó como la nación más industrializada, en parte, debido a la laxitud de sus leyes en temas de negocios y explotación, sin mencionar el hecho de que la ideología americana resultaba atractiva al tipo de persona que posibilita el cambio, aquellos que buscan la libertad, la seguridad y la continuidad. Son las personas quienes forjan las naciones, son los visionarios y los rebeldes, los que se constituyen como divergentes en la ortodoxia del sistema quienes abonan al cambio.

Donde otras naciones, obsesionadas con la jerarquización estamentaria y la preservación de su linaje endogámico, restringieron el crecimiento y acotaron el potencial de desarrollo de su población, Estados Unidos floreció gracias a que dejó que visionarios como Carneguie, Ford, Edison, Rockefeller, etc. desarrollaran su visión del mundo. El problema es que el sueño americano no alcanzó para muchos más, se fue diluyendo lentamente hasta convertirse para el siglo XX en un facsímil minimizado del original que se sigue diluyendo.

En la literatura, Scott Fitszgerald (1925) entendió que tener no es directamente proporcional a ser feliz, su Gatsby lo tenía todo menos lo que realmente anhelaba. En la obra “death of a salesman” de Arthur Miller (1949) el autor planteó un paradigma desesperadamente real, cotidiano e ineludible dónde el concepto del sueño americano se percibe como un anhelo mal entendido, casi onírico enmarcado en el desentendimiento de la realidad.

El mismo desentendimiento y la misma insatisfacción definen el sueño americano moderno, un sueño de consumismo y abundancia que no brindan saciedad. Existe, y es innegable la democratización de bienes de consumo, bienes que están al alcance de cualquiera que pueda pagarlos. El sueño americano, cada vez más diluido, presenta un mar de opciones sin importancia para acentuar la individualidad del hombre que coexiste con un mundo de símbolos que lo confunden y lo aplastan bajo el peso de su propia insignificancia.

La libertad de elegir parece limitada por convenir o no a quién puede, por designio o mandato, tomar las decisiones adecuadas, el aspirante al sueño puede, únicamente elegir nimiedades como el tamaño de su bebida, el tipo de leche con la que quiera su café y el color de la prenda con la que cubrirá su cuerpo. Las elecciones trascendentes, sin embargo, forman parte de una serie de maniobras orientadas a la preservación del estatus quo y los privilegios de la elite endogámica que debería garantizar el sueño americano.

 

El sueño americano después de la Segunda Guerra Mundial

Después de la segunda guerra mundial las naciones que se alinearon con la doctrina estadounidense del consumo y el liberalismo, realizaron cambios estructurales que, ante los ojos de un lego, parecían aterrizar los beneficios de la producción en masa, nivelar las desigualdades y cerrar la brecha entre ricos y pobres, sin embargo, el consumismo y el liberalismo del siglo XX lograron el efecto opuesto.

En sólo 50 años el sueño americano, ser propietario de tu propia casa, tener un auto, centenares de amenidades, vacaciones, un salario digno, se diluyó aún más. En medio de las crisis que dejaron a algunos en la calle, unos pocos aún lograron concretar el verdadero sueño americano, tenerlo todo a costa del sacrificio de todos aquellos que asumidos en la voracidad del sistema se evaporan.

El sueño americano es un mito creado por aquellos con poder para nutrir, en la desesperación, a todos aquellos que desprovistos de elementos para entender los fines teleológicos del sistema,  someten su conformidad con la esperanza de que un día los beneficios que el sistema produce les alcancen y puedan ser felices, así, entonces viven y mueren al abrigo del sueño que nunca han de alcanzar porque es un sueño hecho de humo, abstracto y restringido que se encuentra inserto en sistema que justifica los medios para lograr sus fines.

 

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